Dicen que la infancia marca el devenir de una persona porque es la etapa más feliz de nuestras vidas. Sin duda, recuerdo mi infancia con sentimientos de ternura y una inocencia que nos hacían inmunes a los malos momentos. Ayer recordaba cómo era en mi casa la noche de Reyes. Mientras mis primos dejaban a los Reyes tarta de cumpleaños -el de mi primo Alejandro, que hoy cumple 32, los que yo tengo ahora- y bebidas varias, en mi casa dejábamos patatas peladas en agua -para los camellos- y... creo recordar que un poquito de licor para los Reyes. Seguramente al día siguiente mi padre nos pondría tortilla de patata para cenar... pero claro, nunca caí en la cuenta. Recuerdo también preguntarle a mi madre, mirando a la puerta de la terraza y comprobando que sólo se podía abrir desde dentro, que "por dónde entraban los Reyes". Luego, en casa de mis abuelos -mi casa hoy-, teníamos más Reyes. Mi abuela nos prohibía entrar en la salita "porque espantaríamos a los Reyes", y de repente nos encontrábamos todos los regalos que habían dejado, como si de magia se tratara. Cómo no íbamos a ser felices...

Ojalá la vida nos siga sorprendiendo con un poquito de magia cada mañana.